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15 de marzo de 2010

Lectura de Manuel Vilas en versátil.es

28 de enero de 2010

Manuel Vilas: "Mujeres"



MUJERES

No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie, que son ellas las que sostienen cualquier ciudad, todas las ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con este sábado por la noche donde ríen un poco fuerte a un vaso de vino blanco y unas olivas. Cargan con maridos infumables, con novios intratables, con padres en coma, con hijos suspendidos. Fuman más que los hombres. Tienen cánceres de pulmón, enferman, y tienen que estar guapas. Se ponen cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y bragas finas y peinados y maquillaje y zapatos que torturan. Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada, hijos, como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie se acuerda de las mujeres. La verdad es que no sabemos nada de ellas. Las veo a veces en las calles, en las tiendas, sonriendo. Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas partes. Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios de luces. Sonríen las mujeres, como si  la vida fuese buena. En muchos países las lapidan. En otros las violan. En el nuestro las maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan en casa, y trabajan en las pescaderías o en las fábricas o en las panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos en qué piensan cuando mueren a manos de los hombres.

Manuel Vilas
"Resurrección"
(Visor, 2005)


27 de enero de 2010

Algunos poemas de Manuel Vilas

HÖLDERLIN

El gran poeta, dinastía de las enfermedades mentales,
cuya palabra, según los doctos y los cabales académicos,
habló de Grecia y de Alemania, proponiendo a los mortales
un reino superior, allá en las alturas donde los dioses viven,
fue en el tiempo de su vida un pobre lelo que olvidó
hasta su propio nombre. Tuvo razón Goethe, que vió en él
lo que en realidad era: primero, un joven exaltado,
con poca experiencia del mundo y demasiada filosofía,
luego, un loco más de entre los que abonan los campos de la tierra.

De "El mal gobierno"


COCAÍNA

Luz de la ciudad, te bebemos de noche.

Hacemos el amor tan cerca de la cocina,
es tan pequeño este piso,
que llega el olor de las tuberías como un olor de santidad
pegajoso y sucio,
sintético y torcido,
demasiado calor,
por todo tu cuerpo con tatuajes y escamas.

Luz de la ciudad, eres blanca como el sol.

Conozco gente de cincuenta y cinco años
que ocupa puestos importantes bajo las luces de la ciudad,
que hablan un español inmaculado,
que tienen el poder y la dicha social,
pero que no hacen el amor como tú y yo lo hacemos,
-si es que es amor y no mentira-,
con esos gritos arrancados
-si es que son gritos y no ficciones-
a la piel, a la lengua, al ácido
de las enigmáticas baldosas del suelo,
que apenas aman así, a la manera nuestra,
-rabia y poco futuro, ira y poca compasión-
y yo no entiendo que la vida sea ota cosa
que las blancas cabelleras
de tu carne hipócrita y regiamente desnuda
como si sonasen los himnos nacionales de Francia y Alemania,
de Rusia y España, de Suecia y Finlandia,
no en mitad de una Olimpiada,
sino en mitad de los extrarradios industriales.

Luz de la ciudad, te bebemos de noche.

A veces no nos dormimos en la madrugada y pensamos en Marte
y pensamos en las cenizas de los crematorios ascendiendo,
-cuerpos carbonizados, gente que nació para decorar el
cielo-,
buscando su tumba en el aire contaminado,
-el aire pleno de cenizas humanas que vienen de la tierra,
culos y lenguas, fémures y sacros, hígados y simiente-,
siete horas seguidas mirando el plafón dorado allá en el techo
de un dormitorio traspasado por ruidos
de coches viejos y lejanos,
de puertas de vecinos que se abren;
y miramos una ventana,
presintiendo a través de las rendijas
la fuerza de las grúas que crean la vida y la historia.

Luz de la ciudad, te bebo desnudo.

Cuando tenga setenta años,
ábreme en canal,
y tira mi corazón a los perros.
Y tú come con ellos,
pelea con ellos para que te dejen morder,
muérdelo como tú sabes
perra,
mi corazón.

Te quiero.

Te quiero tanto

Te quiero,
como los dinosaurios quieren la luz de las estrellas
para beberla de noche,
como los leones de África devoran  cebras con los riñones
plenos de basura,
como los blancos comen negros  con el corazón pleno de
ilusiones blancas.

Luz de la ciudad, eres mi novia, mi espejo y mi alegría.

Me paso las noches gritando.
Contra la oscuridad, contra la luna,
gritando.
Desnúdate, perra,
gritos en mitad de la madrugada,
en mitad de las escaleras de los pisos baratísimos:
exaltación, demasiada exaltación.

Todo está blanco.

Desnúdate, perro. ¿Tiemblas? ¿Te asusto?

Luz de la ciudad, te bebemos de noche.

Luz de la ciuad, que también ilumina
a los perros,
a los negros,
a los niños,
a los santos,
a los resucitados,
a los ancianos,
a los pobres,
a los asesinos,
y a las mujeres,
a las iniluminables mujeres.

Luz de la ciudad, te bebemos de noche.

Luz de la ciudad, sobre tu cabello de ceniza Sulamita.

Tengo muchas ganas esta noche.
Te mataré. Te lo daré. Te daré eso.
Nos casaremos. Te lo daré, lo juro.

Te quiero.

Manuel Vilas
De "Calor"
(Visor, 2008)


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Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y a la mañana y al atardecer
bebemos y bebemos
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes

Paul Celan, Todesfuge
(versión de J.A. Valente)
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